LA REPRESENTACIÓN

 

Bodino considera la posibilidad del traspaso de la soberanía entre distintos y diversos sujetos como titulares de la misma, pero habremos de observar, que la figura de la representación política, en su actual configuración democrática, es totalmente ajena a Bodino y a su modelo. Resulta, por tanto, que la pretendida inclusión de la ficción representativa en este modelo, habrá que calificarla, más como una intrusión, que como una de las modificaciones contempladas y programadas en el mismo.

En cualquier caso, la pretendida intención de sustituir al inicial sujeto titular de la soberanía en el modelo de Bodino, mediante la utilización y observancia de los principios de la representación política en la designación del nuevo sujeto de la soberanía, sólo será realmente efectiva y mantendrá, por tanto, indemne los preceptos del modelo bodiniano, en la medida en que se acepte por el titular de la soberanía al nuevo sujeto, dotado de las mismas prerrogativas con las que el modelo facultaba a ese inicial sujeto, titular primigenio de la soberanía. En otro caso, resultaría  que, aun sin quizá parecerlo ni, a lo mejor, desearlo, se podría estar componiendo un inédito modelo, extraño y dispar a la concepción de Bodino, o bien podría ser que, el modelo permaneciera invariable y lo que se estaría alumbrando, aun sin tampoco quererlo ni, a lo mejor percibirlo, sería situar la soberanía en sujeto distinto de aquel al que pretendemos, permaneciendo ésta latente en él y actuando, así, como titular subyacente.

La representación política y el ejercicio de la soberanía

 

Sinforiano Moreno García

 

De su Tesis Doctoral: “Concepción y Concepto de Soberanía. Particular referencia al Artículo 1.2 de la Constitución Española de 1978”

 

 

   Según comenta Carré de Malberg en su “Teoría General del Estado”, para la escuela de Rousseau, la soberanía consiste en el derecho originario que tienen los ciudadanos a imponer su voluntad discrecional cuando componen una mayoría. Así, continúa, la soberanía nacional no sería otra cosa que el antiguo poder personal y absoluto de los reyes de Francia, el cual, por efecto de la Revolución, habría pasado del monarca a los ciudadanos. Aunque lo cierto, precisa Carré de Malberg, es que al poner la soberanía a nombre de la nación, la Revolución modificó hasta en su esencia el concepto anterior y la definición monárquica del poder soberano. Argumenta para ello que al establecerse en provecho únicamente de la nación, la soberanía deja de ser un poder originario de alguien y sus poseedores sólo podrán ejercerla en la medida en que la nación se la confíe, limitando su ejercicio para impedir un uso arbitrario de la misma. Por todo ello, manifiesta Carré de Malberg que es en ese sentido cuando se ha podido decir que, al trasladar la soberanía del monarca a la nación, la Revolución la destruyó.

   Estos razonamientos, que recogen alguno de los aspectos de las teorías originadas por la Revolución francesa, traen en consecuencia una de las cuestiones cardinales - y a su vez controvertida - a la que, desde entonces, se tiene que enfrentar el Derecho público y a la que pretendemos aportar nuestra modesta colaboración.

   Los teóricos de la Revolución francesa, al partir de una situación de hecho que les viene dada y que, por tanto, no pueden eludir, tienen que asumir -  como recoge Carré de Malberg (1) en la obra citada -, aun a su pesar, la doctrina heredada de Bodino sobre la soberanía del príncipe en una monarquía. En consecuencia, y para tratar de cumplir sus objetivos, no les quedará más remedio que enfrentarse a toda una serie de dilemas y contrariedades que se les interponen en su camino, obstaculizando y entorpeciendo sus propósitos. Esta situación les generará multitud de dudas e inconvenientes sobre el pretendido traspaso de la soberanía, al tener que apartarse por constreñir sus ideas, del modelo que, a tal fin, había sido habilitado por Bodino en el desarrollo de sus teorías.

   Como nos recuerda Carré de Malberg, la esencia del régimen monárquico francés, estriba en que el monarca se presenta como teniendo un derecho personal de potestad soberana, anterior al Estado y a toda Constitución. Derecho personal, dice, que se funda, entre otras cosas, en el hecho histórico de la posesión tradicional de la soberanía. En 1789, continúa más adelante, la Revolución iba dirigida contra la monarquía absoluta y, para transformarla, la Constituyente recurre al medio teórico que consiste en hacer intervenir a la nación como el elemento constitutivo esencial del Estado. El rey, significa Carré de Malberg, ya no es el soberano. Sólo la nación, es decir, el cuerpo indivisible y permanente de los nacionales, tiene la soberanía. Nadie fuera de ella, puede llamarse soberano. Y prosigue, la Constitución francesa de 1791, después de haber establecido en principio que todos los poderes residen primitivamente en la nación, declara: “La nación no puede ejercerlos sino por delegación (...) La Constitución francesa es representativa”. Ello, añade, viene a significar que la nación ejerce sus poderes por medio de sus representantes. En otros términos, concluye Carré de Malberg, “lo que fundó la Revolución francesa en virtud del principio de soberanía nacional es el régimen representativo, un régimen en el cual la soberanía, al quedar reservada exclusivamente al ser colectivo y abstracto de la nación, no puede ejercerse por nadie sino a título de representante nacional”.  

   La representación política es la renovadora idea que, evolucionada en su contenido original, progresa con fuerza en la Revolución francesa para convertirse en la cuestión cardinal que referíamos y que, a nuestro juicio, se interfiere como elemento extraño en el modelo concebido por Bodino. Ahora bien, identificado el problema, la clave va a estar en saber, si con la incorporación a los sistemas en uso de un componente inédito, como es la representación, se respetan en su integridad estos sistemas, conservando sus esencias y principios básicos, o bien, se distorsionan de tal modo al transgredir todas sus reglas, que se confunden sus orígenes para conformar algo totalmente nuevo y distinto.

   El concepto de representación, dice Garrorena (2), es no sólo la categoría gozne sobre la cual pivota toda la concepción del Estado constitucional como Estado representativo, sino que además – y tal vez precisamente por ello es un “concepto elusivo”, esto es, es esa categoría que desde hace doscientos años estamos tratando de captar y que, sin embargo, se nos sigue escapando como pez entre los dedos.

   La clave de la representación, manifiesta Garrorena, hay que buscarla, “en la formulación originaria de dicho concepto por el pensamiento liberal-burgués”. Toda la construcción liberal de la soberanía nacional adopta, en el fondo, el formato de una pura cuestión de teoría de la representación; o, con otras palabras, continua, todo el dilema histórico que en aquel momento emerge se resuelve (sustitución de la “representación absortiva” del Monarca por la “representación electiva” del Parlamento) como un simple problema de sucesión o sustitución de los esquemas representativos que están en la base del Estado.

   Observemos que la representación no aparece, pues, como una figura nueva. Lo que ocurre es que, ahora, la figura de la representación cambia radicalmente en su concepto. La “representación de los modernos”, como la llama Sartori (3), se transforma de contraparte del Soberano en órgano soberano.

   Durante la Edad Media, manifiesta Garrorena, la representación adoptó la disposición triangular o trilateral, de todos conocida: “Unos representantes recibían mandato o apoderamiento de unos representados para que actuasen su representación ante un tercero, esto es el Monarca; de donde representar era, básicamente, representar ante el poder”. En cambio, significa, la construcción liberal – la representación de los modernos que referíamos – se ha montado sobre presupuestos distintos.

   La estrategia histórica de la burguesía en su pretensión de acceso al poder, explica Garrorena, se plantea como una lucha entre el Parlamento, constituido en representación nacional, y la Corona, a la que aquél disputaba su soberanía, esto es, su condición de soberano, que es una condición agente. Esa pugna se resuelve a favor del parlamento, lo que significará que el parlamento emergente, no será el heredero del parlamento medieval que controlaba al poder, esto es, que representaba a otros “ante” el poder del Monarca, incidiendo de alguna forma en sus decisiones. El nuevo parlamento será el sucesor de ese mismo monarca, al que desplaza y sustituye en su posición de poder y, por tanto. “El parlamento, pues, titular de la soberanía, esto es, agente él mismo (a través de la ley, pero no sólo de la ley) de decisiones efectivas de poder soberano, y no controlador de las decisiones de otro en nombre de un tercero, es el resultado de ese proceso”.

   Las consecuencias, concluye Garrorena, que se derivan de estos hechos para la comprensión y paralela conceptualización de la representación política, son muy considerables. De la idea de representación se ha evaporado, pues, todo sentido de “representación-ante el poder” y en su lugar se ha situado un presupuesto que postula la inequívoca identificación o confusión de los términos de dicha fórmula. Se ha pasado, en definitiva, del concepto “representación-ante el poder” al concepto “representación-poder” lo que supone que el término “representación” ha comenzado a cubrir como significante, en este segundo caso, una realidad sustancialmente distinta de la que cubría. En definitiva, finaliza, representar ahora, no es “actuar ante”, sino “estar por”, esto es, no es actuar por nosotros ante el poder, sino – lo que nos desplaza a un contenido funcional e institucional muy distinto – estar por nosotros en el poder. Situación, ésta, que al hablar Garrorena de contrapoderes la catalogará como de difícil situación dialéctica, en función de un planteamiento en el que el poder y quien representa ante el poder coinciden en un mismo sujeto.

   Con la ayuda inestimable del profesor Garrorena, hemos podido componer los perfiles teóricos que apuntalaron el cambio de sujeto titular de la soberanía en la Francia revolucionaria. Desde esta perspectiva teórica, prescindiendo de los hechos puntuales del momento, aunque considerando las circunstancias históricas que los motivaron, será desde la que habremos de fijar nuestras deducciones a las especulaciones de Carré de Malberg, sobre la modificación o destrucción el concepto de soberanía en su traslado del monarca a la nación.

   La evidencia de lo dicho nos ha de llevar, en primer lugar, a la reiteración de una de las características que subrayábamos de la soberanía - la correspondencia entre mandato y obediencia -, expuesta en profundidad en su momento y que apuntábamos como fundamental al hablar de la manifestación de la soberanía hacia el interior. Seguidamente, y en consonancia con ello, tendremos que tratar de ensamblar la mencionada característica en el novedoso escenario que describíamos, relacionándola y confrontándola con esa inexperimentada situación - en la que, el poder y quien representa ante el poder coinciden en un mismo sujeto -, provocada por la moderna representación, que irrumpe con toda su fuerza como elemento innovador del modelo que venía ajustado desde Bodino.

   Por consiguiente, de la forma en que se pretenda y se consiga llevar a cabo ese ensamblaje, dependerá, a nuestro modo de ver, la continuidad o destrucción del modelo de Bodino y, por tanto, su posible éxito o fracaso en el empeño de establecer los principios universales del derecho público. En definitiva; en la manera en que podamos admitir, o no, a la representación, cohesionada con una relación de mandato y obediencia, estaremos respetando y ateniéndonos, o no, al modelo de Bodino y, por tanto, a su concepto de soberanía.

   En consecuencia, y a nuestro juicio, se alza, así, uno de los más serios acosos al “modelo” de Bodino que, liderado por los grupos de notables y auspiciado por unas masas enaltecidas, irrumpen con fuerza en el entorno político, originando el alumbramiento de nuevas figuras políticas que penetrarían con habilidad en la escena pública, pretendiendo el rango del que despojaban al rey: la soberanía de la Nación, o soberanía nacional y la soberanía del Pueblo, o soberanía popular.

   Las tentativas de apropiación del “oficio” real, bien por un ente carente de voz – la Nación -, bien por una masa carente de organización – el Pueblo -, traerán en consecuencia el nacimiento de la alegoría de la representación política. En el primero de los casos, para dotar a la Nación de un órgano decisor, mediante el que pudiera formar y expresar su voluntad como tal Nación. En el segundo, para proporcionar al Pueblo un órgano deliberador que, recogiendo las distintas voluntades de sus componentes, elaborara la voluntad general.

   En cualquiera de sus dos vertientes, la representación política se ha venido imponiendo desde entonces, como pieza fundamental en la conformación de la democracia moderna, constituyéndose como un elemento forzosamente obligatorio y necesariamente imprescindible en su funcionamiento. Es por ello que, desde su adopción por los sistemas políticos, las reglas que configuran la representación, son las que hacen posible la viabilidad de los regímenes democráticos en el Estado moderno, añadiendo, al mismo tiempo, una nota de credibilidad y legitimidad a sus órganos.

   Estas reglas de las que hablamos, no son otras que, las ya conocidas, en primer lugar, de la preexistencia de elecciones libres, por sufragio universal, para la designación de los órganos representativos. En segundo lugar, y en concurrencia con la anterior, la adopción y toma de decisiones por el procedimiento de las mayorías, sin menoscabo de la debida consideración y respeto a las minorías.

   Hemos de reconocer, por otro lado, que el modelo de Bodino considera la posibilidad del traspaso de la soberanía entre distintos y diversos sujetos como titulares de la misma: del príncipe al pueblo, de éste a un grupo de poderosos o, a la inversa y en distinto orden. Pero también habremos de observar, que la figura de la representación política, en su actual configuración democrática, es totalmente ajena a Bodino y a su modelo. Resulta, por tanto, que la pretendida inclusión de la ficción representativa en este modelo, habrá que calificarla, más como una intrusión, que como una de las modificaciones contempladas y programadas en el mismo.

   En cualquier caso, la pretendida intención de sustituir al inicial sujeto titular de la soberanía en el modelo de Bodino, mediante la utilización y observancia de los principios de la representación política en la designación del nuevo sujeto, entendemos que sólo será realmente efectiva y mantendrá, por tanto, indemne los preceptos del modelo bodiniano, en la medida en que se acepte al nuevo sujeto, dotado de las mismas prerrogativas con las que el modelo facultaba a ese inicial sujeto, titular primigenio de la soberanía. En otro caso, resultaría  que, aun sin quizá parecerlo ni, a lo mejor, desearlo, podríamos estar componiendo un inédito modelo, extraño y dispar a la concepción de Bodino, o bien podría ser que, el modelo permaneciera invariable y lo que estaríamos consiguiendo, aun sin tampoco quererlo ni, a lo mejor percibirlo, sería situar la soberanía en sujeto distinto de aquel al que pretendemos, permaneciendo ésta latente en él y actuando, así, como titular subyacente

 

 

NOTAS

 

  1. 1 -   “Del mismo modo que antiguamente Bodino definía la potestad del príncipe, como soberano, cual una potestad indefinida que hace que aquél este absuelto de la potestad de las leyes, así el pueblo es llamado soberano (...) Así como la antigua soberanía monárquica significaba que el rey de Francia tenía un derecho personal, innato, a ser el órgano supremo de la potestad estatal, así también en la teoría absoluta de la soberanía popular el cuerpo de ciudadanos es soberano en el sentido que posee la potestad suprema”. Carré de Malberg. Teoría General del Estado
  2. 2 - Angel Garrorena Morales – REPRESENTACIÓN POLÍTICA Y CONSTITUCIÓN DEMOCRÁTICA – Civitas 1991.
  3. 3 - Explica Sartori que la representación moderna refleja una transformación histórica fundamental: “Hasta la Gloriosa Revolución inglesa, la declaración de independencia de los EE.UU. y la Revolución francesa, la institución de la representación no estaba asociada con el gobierno. Los cuerpos representativos medievales constituían canales intermediarios entre los que eran mandados y el soberano: éstos representaban a alguien frente a algún otro. Pero en la medida en que el poder del parlamento crecía, y cuanto más se situaba el parlamento en el centro del organismo estatal, en la misma medida los cuerpos representativos asumían una segunda función: además de representar a los ciudadanos, éstos gobernaban sobre los ciudadanos”. Giovanni Sartori. ELEMENTOS DE TEORÍA POLÍTICA. Alianza Editorial 1999

 

 

 

  

 


 

 

 

 

 

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