LA POLÍTICA ¿OFICIO O SERVICIO?

   En su ensayo "DerSinnder Politik (El sentido de la política, dice Herman Heller: "Política significa el orden de la cooperación entre relaciones humanas de reciprocidad de toda índole". El fin de la política es por tanto, continua, "el orden de las relaciones sociales, la organización de la sociedad. El fin de la política estatal, en particular, es el orden de la cooperación de las relaciones sociales en un ámbito determinado"

    En su ensayo “Der Sinn der Politik” (El sentido de la Política), dice Herman Heller: “Política, significa el orden de la cooperación entre relaciones humanas de reciprocidad de toda índole”. El fin de la política es por tanto, continúa, “el orden de las relaciones sociales, la organización de la sociedad. El fin de la política estatal en particular es el orden de la cooperación de la relaciones sociales en un ámbito de terminado”.

   Tras explicitar con algún ejemplo el orden en la política, concluye que, quien quiera hacer política, debe tener ideas de dos tipos: Por un lado, u Una representación precisa del modo como quiere ordenar las relaciones humanas de reciprocidad, una idea determinada, un principio o meta de la política y una representación precisa de cómo quiere hacer efectiva esa meta con el material dado.

   Buscando precisar la delimitación del ámbito determinado que alude Heller, y la finalidad y objetivo que debieran considerar quienes pretendan ejercer la política en ese ámbito, nos remontaremos unos cientos de años para encontrarnos con la definición sobre el Estado que nos legaba Jean Bodin en su obra Les six Livres de la République.

   Define este autor a la República, es decir, al Estado, como “el recto gobierno de varias familias, y de lo que les es común, con poder soberano”.

   De esta definición fijaremos nuestra atención en dos de las características con las que el autor distingue al Estado: recto gobierno y de lo que les común.

   Sobre el recto gobierno dice Pierre Mesnard que “con la frase recto gobierno, introdujo Bodino, en primer lugar, una consideración de justicia que domina toda su concepción”. Así lo manifiesta el propio Bodino al decir en el Prefacio de su República que el recto gobierno es aquel que desarrolla plenamente el ideal de justicia. Y así lo explicita significando lo que, para un recto gobierno, debe de ser la concepción de justicia: “Cuando digo justicia quiero decir la prudencia de mandar con rectitud e integridad”.

   Sobre la cuestión de lo que les es común, manifiesta Bodino que para que exista un Estado debe de haber alguna cosa que sea común a todos sus ciudadanos (el tesoro público, las calles, las murallas las plazas, los mercados, las leyes, la justicia, las costumbres): No existe república si no hay nada público, y aclara, no existe cosa pública si no hay algo de particular, ni se puede imaginar nada de común si no hay nada de individual.

   Considerando la opinión de estos autores y poniendo en relación sus ideas y teorías, nos atrevemos a plantear una posible concepción de lo que debería ser la política y, por tanto, la labor de los políticos:

   La política es la acción ciudadana encaminada a administrar los bienes y servicios de dominio público y a ordenar las relaciones humanas de reciprocidad y la organización de la sociedad en un determinado ámbito, teniendo a la justicia como fin y referente primordial en todas sus actuaciones. Acciones cuya puesta en práctica se encarga, en las democracias modernas, a unos representantes políticos, libremente elegidos.

   Coincidiendo con esta concepción de lo que debe ser la política, deberemos convenir que para la existencia y supervivencia de un Estado es necesaria la dedicación de un determinado número de personas que lleven a cabo la acción política encomendada por la ciudadanía en los términos ya expresados.

   Lo que ya es más difícil de convenir es la consideración en que habrá de tenerse la dedicación a la actividad política. En concreto, el ejercicio de la actividad política, ¿ha de tenerse como la prestación sin remuneración de un servicio a la sociedad o, por el contrario, como el ejercicio de un oficio con su adecuada remuneración?

   Decía Max Weber en “La política como vocación” que se puede hacer política como político “ocasional”, como profesión secundaria o como profesión principal. Políticos “ocasionales”, matiza, lo somos todos cuando depositamos nuestro voto, aplaudimos o protestamos en una reunión política, hacemos un discurso “político” o realizamos cualquier otra manifestación de voluntad de género análogo. Políticos “semiprofesionales” son, por ejemplo, aquellos delegados y directivos de asociaciones políticas que, por lo general, sólo desempeñan estas actividades en caso de necesidad, sin “vivir” principalmente de ellas y para ellas, ni en lo material ni en lo espiritual.

   Finalmente, dice Weber, hay dos formas de hacer de la política una profesión. O se vive “para” la política o se vive “de” la política. Quien vive “para” la política hace “de ello su vida” en un sentido íntimo; o goza simplemente con el ejercicio del poder que posee, o alimenta su equilibrio y su tranquilidad con la conciencia de haberle dado un sentido a su vida, poniéndola al servicio de “algo”.

   Vivir “para” la política, lo plantea Weber como algo casi utópico pues, sólo estarían en disposición de hacerlo así quienes pudieran disponer libremente de todo su tiempo y tuvieran rentas suficientes, para no estar económicamente sujeto a otra actividad que no fuera la actividad política.

   El político profesional que vive de la política, dice finalmente Weber, puede ser un puro “prebendado” o un “funcionario” a sueldo. O recibe ingresos provenientes de tasas y derechos por servicios determinados (las propinas y cohechos no son más que una variante irregular y formalmente ilegal de este tipo de ingresos), o percibe un emolumento fijo en especie o en dinero, o en ambas cosas a la vez. O recibe un sueldo fijo, como es el caso del redactor de un periódico político, o de un secretario de partido o de un ministro o funcionario político moderno. O recibe en compensación lo que los jefes de partido dan hoy como pago de servicios leales: cargos de todo género en partidos, periódicos, hermandades, cajas del Seguro Social y organismos municipales o estatales. Toda lucha entre partidos, concluye Weber, persigue no sólo un fin objetivo sino también, y ante todo, el control en la distribución de los cargos.

   Está claro, y así lo reiteramos, que el funcionamiento de un Estado requiere de la actividad política de sus ciudadanos. También está claro que una parte de esa actividad política, por su carácter ocasional y temporal, pueda llevarse a cabo esporádicamente por personas sin dedicación exclusiva y sin necesidad de una remuneración económica que no fuera la de compensar posibles gastos personales. Pero también queremos dejar claro que, una parte importante de la actividad política – y decimos bien, política, porque no consideramos como tal la actividad del alto funcionariado de las Administraciones Públicas debidamente cualificado -, ha de ser practicada con dedicación exclusiva por personas de intachable conducta, cualificadas por su honradez y demostrado interés de servicio público.

   El problema sigue siendo el mismo que al principio nos planteábamos y que nos ha llevado a exponer estas reflexiones. Quienes ejerzan esa actividad política que finalmente referíamos, ¿han de hacerlo como un servicio o han de tenerla como un oficio?

   Sin pretender arrogarnos ninguna mágica solución, dejaremos constancia de nuestra propuesta, significando que no somos partidarios de que ninguna actividad política – y matizamos, política - se deba tener como un oficio. El tipo de actividad política que requiera de una dedicación exclusiva, en nuestra opinión, habrá de llevarse a cabo por quienes, podríamos llamar “políticos eventuales” que, ejerciendo y viviendo habitualmente de otras profesiones, pudieran pasar por la política un concreto y determinado tiempo, con remuneración económica igual a la que percibieran en su profesión habitual y retornando a esa profesión cumplido el plazo previamente determinado para esa actividad política, que no debiera ir más allá de una legislatura.

   No profundizaremos más en esta disyuntiva y dejaremos a la particular reflexión de cada cual la decisión de lo que pudieran considerar más conveniente para establecer un recto gobierno. a