"La Soberanía es el poder absoluto y perpétuo de una república". (Jean Bodin)
"La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado" (Artículo 1.2 - C. E.)

LA NUEVA NORMALIDAD POLÍTICA DEL CORONAVIRUS

 

  Estando todavía confinados en el epicentro de la pandemia, todos, o casi todos, pensamos que esta situación debe hacernos cambiar en nuestros hábitos y rutinas de vida para abandonar aquellas prácticas superfluas y adoptar otras prácticas más cercanas a la solidaridad y a tratar de conformar un mundo mejor a nuestro alrededor. Circunstancias estas que, apelando a una nueva normalidad u orden mundial, algunos de los que dirigen los destinos del mundo, pretenden aprovechar para imponer, ya no sus ideas, que también, sino sus propios y egoístas intereses.

  Pero si fijamos nuestra mirada y reflexiones en los hechos que nos revela la historia de la humanidad, habremos de darnos cuenta que esta transformación del mundo que ahora se reclama abocados por la calamidad y los estragos que produce el coronavirus, es sólo un quimera que parece posible en el pensamiento individual de cada uno de nosotros, pero que resulta totalmente imposible en el pensamiento común de la sociedad.

  A lo largo de la historia de la humanidad, pandemias han sucedido unas cuantas, pongo por caso la peste, aunque las circunstancias eran distintas. La globalización social que ahora nos domina, sólo alcanzaba algunos ámbitos regionales. ¿Qué se hacía ante esta calamidad? Rogativas a los Santos para que el mal se apartara de nosotros. ¿Cómo se comportaba la gente tras superarla? Igual o peor que antes.

  Fiel reflejo de lo que somos y de lo que queremos ser, nos lo muestra el comienzo de la humanidad según el relato bíblico. Teníamos el Paraíso, pero queríamos ser más que Dios. Igual que ahora nos pasa, creíamos que con los avances de la Ciencia, estábamos enterrando al Dios que Nietzsche daba por muerto. La cruda realidad de la aparición de un simple virus está haciendo que nos replanteemos toda nuestra existencia.

  Se habla de una nueva normalidad, incluso de un nuevo orden mundial, pensando que la experiencia que estamos viviendo nos va a hacer recapacitar. Recordemos cuantas veces a lo largo de la historia se ha pretendido imponer un nuevo orden o normalidad. Por la fuerza quisieron imponerlo, los romanos en su tiempo, el Imperio musulmán en otros momentos y también otros imperios que han pretendido imponerse, como el español o el inglés en las nuevas tierras que se descubrían e intentaban dominar. En tiempos más recientes otros líderes y naciones con aires de imperialismo quisieron, igualmente, construir un nuevo orden, y, en pleno siglo XX, nos llevaron al desastre de las dos últimas Guerras Mundiales.

  Un nuevo orden o normalidad también se ha querido imponer por la fuerza de la revolución de las masas y, en algunos casos, hasta un gobierno global estaba en las intenciones de aquellos que las promovieron, porque, por mucho que se quiera decir, los hechos nos demuestran que el pueblo ha sido siempre un simple instrumento en manos de unos interesados dirigentes para alcanzar sus particulares propósitos.

  El nuevo orden o normalidad que surgió de las revoluciones de los siglos XVIII y XIX, lo vemos hoy reflejado en los dos sistemas políticos que imperan en el mundo moderno y que, sin pudor ni disimulo alguno, pretenden imponer su ideología con una tramposa intención de querer hacerlo por el bien común, cuando sólo buscan alcanzar el máximo poder para sus dirigentes, poder que se transforma en un absolutismo despótico disfrazado de lo que dicen llamar democracia.

  Por un lado nos encontramos con la ideología marxista, adoptada por regímenes comunistas que defienden la dictadura del proletariado aduciendo que es la masa obrera la que toma el poder, pero que se traduce en la dictadura de las élites dirigentes al considerar que el pueblo no está suficientemente capacitado para poder ejercer su propio autogobierno y, así, lo disfrazan de lo que llaman una democracia orgánica y social.

  Por el otro, tenemos la ideología liberal que, escudándose en un pretendido derecho de libertad del individuo para labrar su propio destino, es aprovechado por las clases más favorecidas y pudientes de la sociedad para subyugar a los menos afortunados. En definitiva una dictadura del capitalismo disfrazada de lo que también llaman democracia, que solo parece serlo al ofrecer al pueblo participar en la elección de los dirigentes políticos que, casualidad, siempre suelen ser los que vienen auspiciados por las clases más privilegiadas económicamente.

  Bueno sería releer a los clásicos que nos vienen a decir en sus reflexiones cual debe de ser la mejor forma de gobierno y para qué y cómo gobernar. Yo vengo a defender lo que decía Jean Bodin, el que alumbró la definición de la soberanía, en “Los seis libros de la República”:

·       “La república – el Estado – no puede estar bien ordenada si se abandona del todo, o por mucho tiempo, las acciones ordinarias, la administración de la justicia, la custodia y defensa de los súbditos, los víveres y provisiones necesarios para su subsistencia, como tampoco podría el hombre vivir mucho tiempo si su alma estuviese tan arrebatada por la contemplación que dejase de comer y beber.

  Pero, al verse el hombre elevado y enriquecido con todo lo que le es necesario y agradable, y asegurado el reposo y la dulce tranquilidad de su vida, si es bien nacido, se aparta de los hombres viciosos y malvados y se acerca a los virtuosos y buenos. Cuando su espíritu es claro y está limpio de vicios y pasiones que enturbian el alma, pone sumo cuidado en apreciar la diversidad de las cosas humanas, la diferencia de edades, la oposición de temperamentos, la grandeza de unos, la indignidad de otros, la mutación de las repúblicas, buscando siempre las causas de los efectos que ve. Después, torna su vista a la belleza de la naturaleza y se complace con la variedad de los animales, de las plantas, de los minerales, considerando la forma, calidades y propiedades de cada uno, las simpatías o antipatías de los unos por los otros y la sucesión de las causas encadenadas y dependientes entre sí. Más tarde, dejando el mundo de los elementos, levanta su vuelo hasta el cielo, con las alas de la contemplación, para ver el esplendor, la belleza y la fuerza de las estrellas, su terrible movimiento, su grandeza y altura y la melodiosa armonía de todo este mundo. Se siente, entonces arrebatado por un sentimiento admirable y embargado por un perpetuo deseo de encontrar la primera causa y al autor de obra tan perfecta. Al llegar a este punto, detiene el curso de sus contemplaciones, cuando considera que es infinito e incomprensible en esencia, en grandeza, en poder, en sabiduría, en bondad”.

  Y, entonces, añado yo, el hombre se da cuenta de su pequeñez e impotencia, reflexiona y llega a la concluir que fuerza será la que está detrás de tanta grandez y belleza. Algunos, como yo, lo tenemos claro, esa fuerza es Dios.