LA POLÍTICA. SU FINANLIDAD Y OBJETIVOS

   Desde una concepción bastante simplista, diremos que, hablar de política, es hacerlo de todo aquello que guarda una estrecha relación, directa o indirecta, con los asuntos públicos, en la medida que esos asuntos afectan a toda o a una parte de esa ciudadanía. Como premisa esencial, hemos de dejar constancia que, para nosotros, la actuación en los asuntos públicos, esto es, en política, debe de estar encaminada, siempre y en todo caso, a conseguir el bien común de la ciudadanía. No el bien de unos pocos, de unos muchos o de la mayoría, sino, insistimos y reiteramos, el bien común de toda la ciudadanía.

   Desde una concepción bastante simplista, diremos que, hablar de política, es hacerlo de todo aquello que guarda una estrecha relación, directa o indirecta, con los asuntos públicos en la medida que, esos asuntos, afectan a toda o a una parte de la ciudadanía.

   En nuestro caso, hablar de política municipal, autonómica, o estatal, será hacerlo de aquellos asuntos que, de alguna manera, afectan a la ciudadanía de un determinado municipio, región autónoma o a la totalidad del Estado.

   Igualmente, en nuestros caso, hablar de asuntos públicos, será hacerlo, no sólo de las decisiones que en el desempeño de sus funciones toman los gobiernos municipales, autonómicos o estatales, sino también, de todo lo que afecta y gira alrededor de la composición y actuación de esos gobiernos, de la manera en que se accede a los mismos, de su control y, especialmente, de cuales habrán de ser las funciones y objetivos de los gobiernos, de quienes lo ejercen y de quienes pretenden ejercerlo.

   Como premisa esencial, hemos de dejar constancia que, para nosotros, la actuación en los asuntos público, esto es, en política, debe de estar encaminada, siempre y en todo caso, a conseguir el bien común de la ciudadanía. No el bien de unos pocos, de unos muchos o de la mayoría, sino, insistimos y reiteramos, el bien común de toda la ciudadanía.

   Y, ¿qué es el bien común?, nos preguntaremos. El bien común se asemeja mucho a lo que en el Gorgias de Platón, intenta explicarle Sócrates a quien, como Calicles, comienza a intervenir en los asuntos públicos o, como venimos diciendo, en la política.

   Dice Sócrates a Calicles: “Entre tanto, ¡oh, tú!, el mejor de los hombres, que empiezas a intervenir en la vida pública incitándome a imitarte, y que me reprochas que no tomo ninguna parte activa en ella, ¿no podríamos examinarnos mutuamente? Ensayemos un poco, ¿Calicles ha convertido en mejor a algún ciudadano en el tiempo transcurrido? ¿Podéis nombrar a alguien que habiendo sido antes un malvado, injusto, insensato y libertino se haya convertido en un hombre honrado gracias a los esfuerzos de Calicles? ¿Podrías decir que en el trato contigo ha mejorado alguien?

   “Siempre quieres tener razón”, le contesta Calicles. Y concluye así Sócrates: “No creas que te interrogo por espíritu de controversia, sino por el sincero deseo de aprender cómo debe uno conducirse entre nosotros en la administración pública, y si al intervenir en los asuntos del Estado te propondrás otro objetivo que no sea el hacer de nosotros perfectos ciudadanos. ¿Estamos de acuerdo o no? Responde. Pues estamos de acuerdo, ya que me obligas a contestar por ti. Si tal es el beneficio que el hombre de bien debe esforzarse en procurar a su patria, reflexiona un poco y dime si te sigue pareciendo todavía que aquellos personajes, de quienes hablaste hace algún tiempo, Pericles, Cimón, Milcíades y Temístocles, fueron buenos ciudadanos”.

   No entraremos aquí en toda la extensión del diálogo y lo dejaremos abierto para quien pudiera estar interesado en saber de su total contenido, pero no nos resistimos a transcribir uno de los razonamientos finales que Sócrates expone a Calicles, para ponerlo en la disyuntiva de tener que decidir la mejor manera de gobernar: “Explícame, pues, con toda claridad, cuál de estas dos maneras de gobernar un Estado me recomiendas: si combatir las inclinaciones de los atenienses para hacer de ellos excelentes ciudadanos, en calidad de médico, o ser servidor de sus pasiones y no tratar con ellos más que para halagarlos”.

   ¿Qué diríamos hoy en día si se nos interrogara sobre estos asuntos? ¿Cuál sería nuestra respuesta a la cuestión planteada por Sócrates? ¿Diríamos que está fuera de contexto temporal un gobierno que, dejando a un lado intereses partidistas, ambicionara forjar excelentes ciudadanos procurando con ello el bien común de la ciudadanía?

   Pues no. Procurar el bien común por quienes ejercen, o pretenden ejercer, la función del gobierno, los políticos, en los Órganos e Instituciones municipales, autonómicas o estatales, no es que esté fuera del tiempo, todo lo contrario, está plenamente vigente. Procurar el bien común de la ciudadanía es a lo que nos obliga a todos nuestra vigente Constitución a tenor de lo que en su Preámbulo se proclama y explicita, pero de manera especial y directa obliga a quienes se dedican a la política:

   “La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía, proclama su voluntad de:

   Garantizar la convivencia democrática dentro de la Constitución y de las leyes conforme a un orden económico y social justo.

   Consolidar un Estado de Derecho que asegure el imperio de la ley como expresión de la voluntad popular.

   Proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones.

   Promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida.

   Establecer una sociedad democrática avanzada.

   Colaborar en el fortalecimiento de unas relaciones pacíficas y de eficaz cooperación entre todos los pueblos de la Tierra.

   En consecuencia, las Cortes aprueban y el pueblo español ratifica la siguiente Constitución”.

   Después de esto no nos queda sino añadir el compromiso de la ciudadanía con el cumplimiento de sus obligaciones cívicas y la exigencia excluyente a quienes gobiernan o pretenden gobernar, a los políticos, del fiel cumplimiento de sus deberes constitucionales.

 

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